Cómo definir las nuevas generaciones de jefes en la actual vida laboral... sin duda los nuevos jefes han evolucionado, han cambiado sus costumbres y hábitos. Sus habilidades se han desarrollado y ahora abarcan todo un nuevo árbol de ideas, posibilidades y herramientas. Sería imposible definirlos con una sola palabra, pero si tuviera que hacerlo, personalmente no tendría duda alguna: cabrones. Si, cabrones en toda regla, sería capaz de soltar una ingente cantidad de improperios hacia estos grandes cabroncetes del mundo laboral, pero quiero acabar antes del 2013. "¿Cómo eres tan generalista?", "Estás demonizando a todo un colectivo por unos pocos", etc. serán los más comentarios más oídos tras esta entrada, pero permítanme primero decir que aquellos que verdaderamente se comportan como personas trascienden, y de jefes pasan a ser compañeros de trabajo, personas que, como tú y como yo, trabajan lo suyo y te tratan de igual a igual. El "jefe" es un ser despreciable, que te trata como un robot a su servicio y que no te manda que le limpies el culo porque todavía estás ocupado realizando la anterior tarea encomendada y es algo que le corre prisa. Sí amigos, todos hemos tenido uno de esos, uno de los que te amenaza con el paro si no haces lo ordenado, de los que te dicen: "A mi no me hables así que no soy tu igual" pero él puede mandarte a tomar por culo con absoluta normalidad. Tu persona carece de dignidad ante ellos, y tus derechos no son más que una hoja en blanco a sus ojos.
La capacidad de echarte de tu trabajo les convierte en un enemigo a temer, ya que además los muy perros abusan de dicha capacidad con tremenda frecuencia y facilidad. Reciben enormes descargas de placer cada vez que ejercen su "derecho" y dejan a alguien en la puta calle, y también las reciben, aunque en menores cantidades, cuando te echan la bronca, te amenazan o te humillan.
Dichos entes tienden a exculparse hablando de sus tiempos como trabajadores, inventando anécdotas de trabajo duro y superación, y después, cagándose en tu puta madre. Cuando sus correspondientes jefes se cabrean con ellos estos a su vez sueltan toda su mierda sobre ti, que eres el ser sobre el que recae toda la culpa. Este es el momento en que has de darte por jodido y rezar por tu puesto de trabajo, porque has de saber una cosa, si algo falla, es culpa tuya. No importa que seas el de la limpieza y haya fallado un turborreactor a siete kilómetros, prepárate para tragar mierda.
En definitiva queridos lectores. Con todo mi cariño mando a la patronal a la mierda, y os dedico esta entrada con mi más sincero apoyo. Recemos a nuestros respectivos dioses por salvaguardar el curro. ¡Salud!
Allí estaba, meditando sobre la cama de aquel mugriento hostal, cigarro en mano. Todo carecía de sentido. Aquel hombre estaba muerto. Era el primer cadáver que había visto nunca, el de su amigo. Hacía años que no le veía, y su relación nunca había sido muy profunda, compañero de su antiguo trabajo, de cuando trabajaban juntos en aquella editorial de poca monta. Cuando la compañía quebró perdieron su relación, él encontró trabajo a los dos meses en el periódico local, mientras que su amigo no tuvo esa suerte… el alcohol lo condenó. Triste hombre en una triste sociedad que no le aceptaba.
Él pensó en el motivo de su reencuentro. Todo comenzó con aquella silueta con la que se topó en el callejón de su casa, encapuchada con una túnica negra. Se acercó a él y de pronto enarboló algo similar a una empuñadura metálica, de ella fluyó un haz de luz rojo intenso que iluminaba la cara del ser. Llevaba una máscara roja y negra que le cubría toda la cara. No pronunció palabra, simplemente realizó un salto hacia él… un salto de unos 10 metros de altura, realizando una voltereta en el aire. Aquello era sobrenatural. La idea de que fuese todo una pesadilla fluyó constantemente, pero cuando se poso con aquella gracilidad frente a él y le agarró por la garganta se dio cuenta de cuan real era todo aquello. El calor de aquella hoja fulgurante en su brazo… el miedo fluyó por cada parte de su cuerpo, lo atenazó… intentó revolverse, pero fue en vano. De pronto un disparo surgió de la nada, y el ser lo soltó, empujándolo contra la pared. Cuando miró en la dirección del estruendoso sonido del arma vio a su amigo, con los ojos abandonados al terror, metido dentro de un mugriento seiscientos negro. Éste siguió disparando, pero el ser esquivaba o hacía rebotar las balas con su arma de una forma espectacular, impropia de un ser humano. Se dirigió con velocidad hacia aquel pobre diablo, y éste, al ver peligrar su vida, volvió a tomar las riendas de su vehículo y salió quemando las ruedas. La silueta enmascarada dio la vuelta y él dedujo que le estaba mirando. Solo de nuevo, rápidamente se incorporó y localizó la puerta trasera de un bar muy conocido en la zona por su mala reputación. De una patada echo la carcomida puerta abajo y penetró en el almacén del bar. Por el ruido de las pisadas tras él dedujo que el ser estaba decidido a cobrársele como víctima. Siguió corriendo desesperadamente, dejando atrás el almacén. El bar estaba únicamente iluminado por la luz nocturna, y chocó con varias sillas, incluso con la barra del bar. El hombre se dio la vuelta, y pudo observar la silueta en el umbral de la puerta. Volvió a dar media vuelta y se lanzó con decisión hacia la cristalera que hacía las veces de puerta del bar, destrozando en mil pedazos el vidrio y cayendo al suelo en el intento. Rápidamente se incorporó y se lanzó a correr por las callejuelas, pero el ser no se quedó atrás y dio comienzo a la persecución. Se dirigió a la parte más poblada de la ciudad y entró en un oportuno autobús que pasaba. Una vez las puertas del vehículo se cerraron se permitió el lujo de soltar la respiración. Cuando miró por la ventana vio a la silueta, con su arma apagada, observándole. Fue entonces cuando recibió un mensaje de su amigo, citándole en una casa rural a las afueras de la ciudad dos semanas después.
El hombre no pasó por casa ese día, y cogió una habitación en un hostal por un mes, ante el asombro del agradecido dueño. Dos semanas después se dirigió a la casa rural. Cuando llegó pudo ver varios coches de policía y de urgencias junto a la casa rural. Cuando llegó vio el cuerpo de su amigo en el suelo. Los técnicos de emergencias estaban metiendo su cuerpo en una bolsa… solo su cuerpo, la cabeza estaba unos metros mas atrás, cercenada completamente, y cauterizada la herida. Sus ojos, desorbitados, grabaron la escena, mientras que él no pudo hacer menos que vomitar. Asustado y confundido volvió a coger su coche de vuelta al hostal.
Y allí estaba, meditando sobre la cama de aquel mugriento hostal, cigarro en mano, recordando lo extraño de esa situación, los sucesos ocurridos dos semanas atrás, el cadáver de su amigo, ahora probablemente en una cámara frigorífica… un sonido aporreó su puerta, acababa de llamar a su amiga Christie, seguro que era ella. Por fin podría largarse de ese infierno, volver a la capital con ella, olvidarse de todo. Abrió la puerta con excitación. Cuando abrió la puerta sus ojos se abrieron desmesuradamente, reflejando una intensa agonía. Ahí estaba ese ser. Una fuerza invisible le estampó contra la pared opuesta, pasando por encima de la cama. Aquel hombre entró en la habitación, de nuevo aquella fuerza invisible movió la cama al otro extremo de la sala, de por sí pequeña. Un camino sin obstáculos se abrió entre los dos. El hombre se sintió condenado. Primero vino el miedo, luego la confusión, a la que precedió la frustración y, finalmente, llegó la resignación. El periodista se incorporó, quedando de rodillas, observando a aquel ser, que de nuevo activó aquella extraña arma. Ahora sabía qué había rebanado la cabeza de su amigo. El hombre cerró los ojos.
Allí estaba su presa… al fin, el trabajo que su maestro le había ordenado, aquel peligro potencial que amenazaba su hegemonía. Lo más seguro es que ni siquiera supiese porque estaba a punto de morir. Enarboló el sable laser, y miró a su víctima sin compasión alguna en su rostro.
De un certero movimiento, el haz de luz seccionó carne, músculo y hueso, y separó la cabeza del torso de aquel hombre. Fue una tarea sencilla. El ser dio media vuelta, desactivo el sable laser, lo enfundó, y salió de la estancia. Por fin se alzarían de nuevo.
El tiempo se detuvo, su vida pasó por delante de sus ojos. De nuevo parece que una escena tan típica de libros y películas se hacía real. Vio su más tierna infancia, aquellos días con su abuelo en el parque, seguidamente se observó a sí mismo con sus amigos tirando petardos en un descampado, en aquellos momentos consideraban eso como una temeridad, y se ocultaban cual fugitivos de la ley. La escena saltó abruptamente y, a continuación, pudo verse en un escondido parque, a solas con una chica de unos 14 años, recordó esa escena, era su primer beso, incluso conocía los sentimientos de aquel chaval en ese mismo instante, recordó que pensaba que ese amor sería algo eterno, hacía planes de futuro y se imaginaba con ella en cualquier parte. No le sorprendió que la siguiente escena se correspondiese al mes siguiente, cuando la chica le dejó por otro más alto, más guapo y mayor que él. Se vio a si mismo sentado en un banco, sollozando y dándose cuenta de cuan estúpido había sido, al ver este recuerdo no pudo más que dejar escapar una sonrisa.
Otra escena, se vio asimismo otra vez, había crecido de nuevo, espalda ancha, músculos definidos, barba y mirada penetrante y confiada, estaba con sus amigos, muchos de ellos se fueron para no volver, pero algunos de ellos seguían en su vida, en el mismo papel, se dio cuenta de que siempre habían estado allí. De nuevo se escapó aquella sonrisa. Otro salto, se vio con ella, la sonrisa en su semblante desapareció, ambos estaban riendo en unos columpios, él se acercó y la besó. De nuevo aquel dichoso salto. Estaba tumbado en una cama, era de noche.Ella se acercó, estaba a medio vestir, se quitó las botas y se tumbó sobre él, besando su cuello ávidamente. Aquel fundido en negro de nuevo... se vio con ella, otra vez, sostenía a un bebé, su hijo. Ambos sonreían, parecían tan felices... su semblante se oscureció. Otro salto, primer día de colegio, su hijo estaba nervioso y él le dio un par de consejos y le dijo que entrase en clase. Otra vez ese salto... no quería mirar, sabía que era aquello que se acercaba, no quería mirar, le aterraba ese recuerdo, pero se materializó. El día era lluvioso, mucha gente vestida de negro, su mujer y sus amigos estaban a su lado, su hijo... ya no estaba. Su mujer lloraba desconsoladamente, él permanecía de pie, junto al ataúd donde yacía su pequeño, con un semblante fantasmal en su cara, reflejo de la expresión que tenía en ese mismo instante. Un escalofrío recorrió su cuerpo, también sabía qué llegaría en ese momento. De nuevo el fundido en negro, aunque esta vez tardó bastante más en llegar. Se materializó en la cocina de su casa, estaba allí mirando de forma impasible, su mujer estaba allí, ciega de rabia, había perdido ese brillo en sus ojos, nunca volvió a verlo... La escena volvió a perecer. Estaba en el salón, una noche oscura. Supo que eso ya no era un recuerdo.
La bala impactó en su pecho y cayó al suelo. Él se acercó. Parece ser que aquellos flashes no eran solo propios de aquellos a punto de morir. La pistola se deslizó entre sus dedos hasta tocar el suelo. Allí estaba ella, tumbada en el suelo, su semblante no era de temor, ni de sorpresa, ella sabía que iba a ocurrir, ambos lo sabían, desde hacía días, ambos lo habían acordado en un pacto sellado sin palabras ni escritos, sino voluntades. Su semblante por fin parecía en paz, como si le diese las gracias de forma secreta. La camisa que ella llevaba... recordó habérsela regalado años atrás. Ahora estaba teñida de sangre, aquel blanco tan puro ahora parecía estar corrupto. Se acercó y besó sus labios. A continuación se incorporó y se dirigió a la terraza. Siempre le había gustado esa vista. Podía contemplar toda la ciudad, aterradora y a la vez hermosa a su manera, una compleja dualidad. Se asomó y no llegó a distinguir el suelo y sus transeúntes. Todo había cambiado mucho desde su infancia. Se sentó en el borde y miró al cielo. Recordó a su hijo, como tantas veces desde hacía 6 años, esta vez no estaba solo, ella estaba con él sonriendo ambos. Su mujer se acercó y le acarició... hacía años que no sentía esa sensación. "Ven" dijo ella con una voz dulce y sosegada. Por un momento él se asustó, temió por todo su corazón se desbocó, pero pronto se tranquilizó. Volvió a verlos, en el oscuro cielo de la noche. Lágrimas escaparon de sus ojos, pero eran de nostalgia y esperanza esta vez. Se secó los ojos, y una sonrisa se formó en sus labios mientras cerraba los ojos. Por fin se sentía en paz y tranquilo, y se dejó caer.
Cada día me cruzo con un hombre. El no se percata, siempre junto a la puerta de un supermercado, con "La Farola" en mano y esperando algo, todos piensan que es dinero, que busca algo para comer, dormir bajo un techo o meterse un pico, pero se equivocan. Busca algo más... todos los de su condición lo buscan, aunque ni siquiera se den cuenta. Como cada día, pasé de largo, le vi, y pensé en la putada que se le venía encima, caminé un par de metros más hacia adelante y me detuve. Tenía solo 20 céntimos en mi bolsillo, tenue paliamiento para lo que el padece. Volví la mirada y ahí estaba, con una sonrisa en la cara dirigida a todos los transeúntes de la calle que lo ignoraban, ocultando con ella toda su miseria, imperturbable. Retrocedí aquellos metros que nos separaban y le entregué esos míseros 20 céntimos, no curarán su dolor, pero menos da una piedra dicen.
El 2011 se acaba, y con él, un año de absoluta miseria. Intento convencerme a mi mismo de que el 2012 será un buen año, sin éxito por desgracia. Tengo claro que será peor que el anterior, que estas navidades no serán de alegría y felicidad, de buenos momentos y rememoraciones, pero tal vez, y solo tal vez, este sea el año de algún otro, tal vez de ese hombre, o tal vez de alguna otra persona, tal vez alguien encuentre su felicidad en algún lado y cambie su sino. Tal vez alguien cambie todo eso y comience su nueva vida. Ignorar a ese hombre no era un buen motivo para mirar hacia adelante, pero pensar en que a lo mejor su suerte, o la de cualquier otra persona, si es un buen motivo para seguir mirando hacia adelante y continuar el camino.
-¿Alguna vez has sentido este tipo de presión? ¿Te has visto alguna vez impulsado a hacer esto? -Dijo Nathan con voz calmada.
-Sí, ¡por supuesto que me he sentido así! ¡Trabajo 8 horas diarias en un cubículo sin más contacto que el de un teléfono!, ¡yo también me siento solo, pero tira ya la puta pistola! -Arguyó Owen.
-¡¡Solo!! -Exclamó Nathan. -¡Afirmas con descaro estar solo! Tú llegas a tu casa y te encuentras con una mujer esperándote, con tus hijos jugando, haciendo los deberes o durmiendo. Cuando llegas tiras tu gabardina en un rincón, sueltas la maleta junto al recibidor y te sirves un vaso de whisky mientras charlas con tu mujer sobre cómo fue el trabajo siguiendo las mismas pautas rutinarias que el día anterior. ¡No valoras lo que tienes!, ¡no mereces lo que tienes! -Exclamó Nathan. -Cada mañana me levanto solo en mi cama, ando los mismos siete metros hasta la ducha, con el ruido de los coches retumbando de fondo. Salgo de mi casa y voy a trabajar, donde realizo las mismas tareas cada mísero día. ¡Llego a mi casa 8 horas después y es probable que aún no haya intercambiado una sola palabra! Mis padres han muerto, no tengo familiares cercanos en los que apoyarme, los únicos que conozco comentarían mi muerte solo en caso de leerlo en las necrológicas, ¡y no duraría más de dos minutos! Mis amigos me repudian, los pocos en quien creía poder confiar me han rechazado, o han cerrado sus vidas bajo el manto matrimonial. ¡Mi vida es un infierno!, ¡una película con un único protagonista y sin actores secundarios!, ¡ni siquiera jodidos extras!, ¡un monólogo que nadie escucha!, ¡una canción que no se reproduce! Y la única persona a la que quiero, en quien confío, quien me apoya... ¡desaparece sin más! ¡¡No vuelvas a tener el descaro de afirmar que estás solo!!
-Owen guardó silencio. Una gota de sudor perlaba su frente. Su mente alborotada solo pensaba en salir de ahí de una sola pieza, nada más le importaba. Nathan, su compañero de trabajo, estaba ahí delante, apuntándole con un arma mientras le desnudaba su alma, pero él solo quería escapar de allí.
-Saldremos de esta tío, conozco un bar cojonudo, suelen acudir chicas muy guapas y solteras, estoy seguro de que...
-¡¡No has entendido nada!! -Interrumpió Nathan. -¡Sigues siendo igual de ciego e igual de estúpido!, pero vas a pagar caro tu error... amigo. Apareciste en el momento y el lugar equivocado, y ahora vas a empezar a pagar. -Dijo Nathan mientras apuntaba a la cabeza de su colega.
Owen cerró los ojos con fuerza mientras sus piernas le temblaban. Habría pensado en el breve resumen de su vida, analizando sus logros, pero su cerebro estaba demasiado embotado para siquiera sostenerle en pie sin esfuerzo. De todas maneras no habría llegado a ningún resultado satisfactorio.
Un estruendo martilleó en la cabeza de Owen. Prestó atención en los signos de dolor, pero a parte del lacerante sonido en sus oídos, nada parecía distinto. Con gran lentitud fue abriendo los ojos. Nathan estaba tirado en el suelo, recostado en la pared con la mirada perdida en el infinito y su boca inhumanatmente abierta. Sus sesos esparcidos por toda la pared, y un charco de sangre bañaba sus piernas. Owen tardó unos segundos en reaccionar, una vez aclaró su mente comenzó a vomitar, y justo después llamó a la policía.
Meses después la mujer de Owen le abandonó, llevándose a sus dos hijos, dejando al orondo y calvo padre con deudas que le ahogaban. Tuvo que vender la casa y mudarse al extrarradio, donde no conocía a nadie. Todos sus amigos, los Wright, los Wilson, los Orem... ahora era un pobre divorciado, sin nadie a quien acudir, no tenían nada que tratar con él, era simplemente patético, un fracaso...
Seré breve y poco metafórico. Es enormemente curioso, es la primera vez en mis pocos años de vida que estoy así. Todo estaba nublado, no podía ni pensar de tanto que me atribulaba y, de repente, "click", todo estaba claro, todo, ese tema y todos los demás. Supe como reaccionar en ese momento, lo que debía hacer exactamente. Y no solo eso, supe quien quería ser en mi vida, estaba orgulloso de mí, de todos y cada uno de mis actos, de mis pensamientos, de mis logros y decepciones. Orgulloso de ser jodídamente imperfecto, de sufrir y de sentirme contento. Ha sido toda una revelación. Un viaje introspectivo en toda regla. Ahora se como debo reaccionar en estos momentos. Y aunque se que pronto me olvidaré, pronto volverán las tribulaciones, también se que, de la misma forma que he llegado a una meta, aun quedan muchas carreras que correr, y que a pesar de hallarme perdido, ahora se que hay una meta, y Dios, como me alegro de que la haya. Muy brevemente y a sabiendas de que muy pronto desaparecerá, puedo decir orgulloso que he encontrado paz.
La ansiedad presionaba cada pequeño fragmento de mi cuerpo, agonizante y a la vez pletórico y lleno de vitalidad por volver a verla. Entré en casa, tiré el maletín junto a la entrada, la luz de la luna y la ciudad se entremezclaban, fundiéndose en un único haz, destellando y filtrándose por los recovecos hasta incidir en la forrada cubierta azabache del pequeño maletín, dotándole de un curioso efecto plateado, magnífico y a su vez caótico y deformado. Corrí hacia el salón. El ventanal seguía emitiendo ese resplandor extraño por toda la habitación. Podía verse toda la ciudad desde aquella habitación, tantas vidas, y ninguna con aquella preciosa posesión. Aquel ente que provocaba que mi cuerpo se estremeciese de placer, que se agitase virulentamente. Busqué mi preciada posesión, mis ojos desesperados por encontrarla.
Allí estaba, reposaba en el sofá. ¡Cuánto la había echado de menos! Estaba parecía haber estado esperándome todo aquel tiempo. Dios, ¡cuánto la había echado de menos! Recogí la joya, una pequeña esfera dorada con un enorme cristal en su interior. ¡Cuántas veces me habían reconfortado sus destellos azules!, provocaban en mi una sensación de absoluto placer y confort, me proporcionaba todos y cada uno de los sentimientos y emociones que necesitaba, cada sensación de exquisito placer, rozando lo obsceno y a su vez lo divino e inmaculado. Mi dependencia de aquella joya era innegable, maníaca y desesperada. La necesitaba de continuo, cada segundo sin ella era agonía que solo paliaba al dedicarle mis más oscuros y enterrados pensamientos.
Pero esa noche había algo raro. Me percaté pronto, no sin cierto grado de asombro de que el cristal había cambiado. Sus destellos azules de pureza se habían tornado en deformes rayos verdes, no carentes de belleza, pero sí de la anterior esencia... algo había cambiado en la joya, en mi joya. Acuciado por la necesidad obvié tan destacado detalle, la apreté contra mi pecho, la acaricié y admiré con anhelo, con deseo, con codicia y con demencia. Esperaba sentir de nuevo todas esas emociones, todos esos placeres, ansiaba saciar todos mis anhelos. Sin embargo, no obtuve sino dolor, agonía en mi interior, mi cuerpo y mi mente ardían en una espiral de fuego, laceraba mi espalda, retorcía mi cordura, quebraba cada hilo que me unía a la realidad. Solté la gema y esta cayó al suelo. Pude notar su odio, su desaprobación, su desagrado hacia mi persona. Era tangible, podía tocar todos esos sentimientos, palparlos, acariciarlos y retorcerme en ellos. Mis ansias pudieron a la cautela, y recogí de nuevo mi anhelada joya. De nuevo azotó cada fibra de mi cerebro, cada resquicio de cordura, me destrozaba por dentro, pero seguía aferrándola con todas mis fuerzas, deseando que su tono azul volviese y sanase las heridas, que me hiciese gozar más que ninguna otra droga que hubiese tomado, pero de hecho incrementó la intensidad del dolor provocado.
En mi mente se formó la idea de arrojarla por el ventanal, pero una insana idea brotaba de mi subconsciente, de mi oscuridad. La idea de aferrarla y guardarla para mí. Era solo mía, nadie debía poseerla, solo yo, nadie más... no... solo yo. Arrojé la piedra por la inmensa ventana, haciéndola añicos. Cayó al vacío de la ciudad, el estruendo del cristal resonó en el eco del nocturno cielo, pero yo solo podía oír como mi amada posesión se alejaba. La perdí de vista, un vacío en mi interior, y a su vez una sensación de alivio por haberme librado de semejante agonía.
Nunca supe el porque de ese cambio, pero todavía recuerdo ese brillo azulado, titilante y a su vez cegador. Todavía me despierto entre sudores, adorándolo, anhelándolo, necesitándolo tan profundamente. Después de tantos años, aún su recuerdo rememora la sensación de placer, como cuando consigues la heroína que tan preciadamente buscas, cuando la aguja penetra la frágil vena e inyecta ese gramo de muerte que tu cuerpo tanto necesitaba.